Ailen permanecía de pie frente a Alexander, con los puños apretados y los ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer, como si incluso su dolor estuviera luchando por conservar un poco de dignidad. La luz tenue del pasillo apenas iluminaba su rostro pálido, pero no hacía falta más para notar el temblor de su labio inferior ni la opresión en su pecho. El silencio entre ambos era denso, casi insoportable.
—Así que… —su voz salió quebrada— así que ya dejaste claro que Helen es tu esposa. Alexand