La noche había caído sobre Corea del Sur como un manto de terciopelo oscuro, cubriendo la isla de Jeju con un silencio elegante y distante. Las luces del aeropuerto brillaban con una frialdad impecable, reflejándose sobre el suelo pulido mientras las puertas automáticas se abrían con un susurro mecánico.
Helen cruzó el umbral sin prisa.
Su figura vestida de blanco destacaba entre la multitud, como si no perteneciera al mismo mundo que el resto de los viajeros. El abrigo caía con precisión sob