El amanecer en Jeju siempre tenía algo casi irreal, como si el cielo y el mar hubieran hecho un pacto silencioso para regalar belleza sin esfuerzo. Tonos dorados comenzaban a deslizarse sobre el horizonte, bañando las calles aún tranquilas con una luz suave, tibia, que prometía un nuevo comienzo… o quizás, para algunos, el inicio de decisiones inevitables.
El avión privado de Alexander Lacrontte aterrizó con precisión impecable. No hubo demora. No hubo distracción.
Tal como era él.
Apenas de