El sol de la mañana caía con suavidad sobre los senderos de Jeju, dibujando reflejos dorados sobre los árboles y los bancos del parque. Alexander Lacrontte permaneció unos segundos en silencio, observando cómo la brisa movía suavemente las hojas, como si la naturaleza misma le pidiera calma. Sin embargo, dentro de su pecho, nada estaba calmado.
Frente a él, Amelia seguía sentada en el pequeño banco, con los hombros encogidos y la cabeza baja, intentando contener sus sollozos. Cada respiración