Alexander permaneció unos segundos más frente a ella observándola, analizándola, como si intentara descifrar algo que se le escapaba entre los dedos. Helen, por su parte, sostenía su postura con una firmeza casi admirable, aunque su cuerpo le gritaba lo contrario. La tensión en sus hombros, la rigidez de su espalda, el leve temblor en sus manos todo indicaba que no estaba bien. Pero no iba a ceder, no lo va a hacer frente a su esposo. Nunca frente a él.
El silencio entre ambos se volvió espeso,