La puerta de su despacho se cerró con un sonido seco. Alexander no avanzó de inmediato. Se quedó allí, de pie, con la mano aún sobre la manija, como si su cuerpo se negara a seguir adelante mientras su mente seguía atrapada en otro lugar. en otra oficina, en otro rostro, en otra sensación.
Helen.
Su esposa.
La imagen de ella, pálida, frágil, contenida… volvió a cruzar su mente con una claridad inquietante. No era solo que se viera mal era la forma. La manera en que había intentado sostenerse.