Lyria apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando él guardó la daga con una naturalidad inquietante y, sin darle opción a retroceder, cerró la mano alrededor de su brazo con firmeza. La presión no era solo física, era una advertencia clara, y en ese instante comprendió algo con una claridad que le heló la sangre: aquel hombre no era su hermano, nunca lo había sido, y todo lo que había creído sobre él no era más que otra pieza dentro de una mentira que comenzaba a desmoronarse.
Lyria no entendía lo