El campo de batalla no tenía nada de heroico, ni de noble, ni de glorioso; era barro mezclado con sangre, humo suspendido en el aire y un coro de gritos que nacían y morían en cuestión de segundos, como si cada vida fuera apenas un instante antes de desaparecer. El cielo permanecía cubierto, pesado, como si incluso el mundo se negara a mirar lo que ocurría debajo, y el sonido constante del acero chocando contra acero se volvía una presencia que lo llenaba todo, imposible de ignorar, imposible d