Elinor ocupó su lugar sin necesidad de proclamaciones ni gestos grandiosos, porque el poder no siempre llegaba acompañado de ruido, y en su caso se instaló con una naturalidad inquietante, casi silenciosa, como si el palacio mismo hubiera estado esperando por ella. Desde el primer momento en que tomó el control, todo comenzó a cambiar de forma sutil, casi imperceptible, pero lo suficiente como para que quienes la rodeaban lo notaran sin atreverse a comentarlo en voz alta.
La reina parecía disti