El miedo comenzó a instalarse dentro de Elinor de una forma silenciosa y constante, creciendo cada día un poco más hasta convertirse en algo imposible de ignorar. Ya no era solo el temor a ser descubierta, sino la certeza aterradora de lo que ocurriría cuando eso pasara, porque había visto con sus propios ojos de lo que Edrion era capaz y comprendía perfectamente que un hombre como él no perdonaba las traiciones.
Había observado la manera en que ordenó una ejecución sin vacilar, la calma con la