Capítulo 2

Mucho antes de que el Rey Demonio rechazara a otra prometida en el patio del palacio, el destino de Elinor Avelaine ya había sido decidido sin que ella fuera consultada.

La noticia llegó una tarde gris, cuando el cielo parecía haberse inclinado sobre la mansión Avelaine con un peso insoportable. Elinor se encontraba bordando junto a la ventana, observando distraída cómo el viento sacudía los árboles del jardín, cuando su doncella entró sin anunciarse, pálida.

—Mi lady… su padre la espera en el salón principal.

No era una invitación.

Era una orden.

Elinor dejó la aguja sobre la mesa. Su pecho se tensó con una intuición amarga. Caminó por los pasillos de piedra con el corazón golpeándole las costillas, consciente de la rigidez del ambiente, del silencio incómodo de los sirvientes que evitaban mirarla.

El salón estaba iluminado por el fuego de la chimenea. Su padre, Lord Avelaine, permanecía de pie, con las manos cruzadas a la espalda. Su figura imponía respeto: hombros anchos, barba bien cuidada, mirada dura, la de un hombre que había aprendido a sobrevivir obedeciendo a otros más poderosos.

Sentada en un sillón cercano, su madre apretaba un pañuelo entre los dedos. No lloraba. Pero su tristeza era evidente en la forma en que evitaba mirar a su hija.

—Padre —saludó Elinor, inclinando la cabeza.

—Acércate —ordenó él.

Elinor obedeció. El fuego crepitó con fuerza, como si celebrara lo que estaba a punto de ocurrir.

—Has sido elegida —dijo Lord Avelaine sin rodeos—. Serás llevada al palacio como candidata a esposa de Su Majestad, el rey Edrion.

El mundo se detuvo.

Elinor sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Durante un instante, creyó haber escuchado mal.

—¿E-esposa…? —susurró.

—Candidata —corrigió él—. Como tantas otras damas nobles.

Ella alzó la mirada. Sus ojos se llenaron de incredulidad… y luego de rabia.

—No —respondió, con una firmeza que sorprendió incluso a ella—. No iré.

El silencio cayó como una losa.

—No quiero convertirme en la concubina de un tirano —continuó, con la voz temblorosa pero decidida—. No quiero ser una más de las mujeres que desecha. No quiero ser ofrecida como mercancía.

La mano de su padre golpeó la mesa.

—¡Mide tus palabras! —rugió—. Hablas del rey.

—Hablo de un hombre que destruye la vida de las mujeres —replicó ella, las lágrimas acumulándose—. Todos saben lo que hace. Todos lo saben.

Su madre cerró los ojos. No dijo nada.

Lord Avelaine respiró hondo, como quien se arma de paciencia antes de aplastar una ilusión.

—Ser mujer del rey es un destino lleno de gloria —dijo, con voz controlada—. Es digno. Es honorífico. Tu nombre quedará unido a la corona.

—¿A qué precio? —preguntó Elinor—. ¿A costa de mi vida? ¿De mi libertad?

—A costa de lo que sea necesario —sentenció él.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo… no quiero…

—No tienes elección —interrumpió su padre—. El rey me ha concedido su favor. Ha enviado a sus hombres para proteger nuestras tierras. Gracias a él, conservo mi título. Y ahora… —su mirada se endureció— ahora es mi turno de cumplir.

Las palabras la atravesaron como un cuchillo.

—¿Cumplir…? —susurró.

—Te entregaré al rey —dijo él sin titubear—. Como corresponde.

Elinor dio un paso atrás, como si el suelo se hubiera vuelto inestable bajo sus pies.

—Me está vendiendo.

El silencio de su madre fue la respuesta más cruel.

Lord Avelaine no se disculpó.

—Es el deber de una hija —dijo—. Y el de un padre es asegurar la supervivencia de su casa.

Elinor comprendió entonces que todo estaba perdido.

Fue despedida sin consuelo. Sin promesas. Sin tiempo para llorar.

Subió a su habitación con el corazón roto, sintiendo que cada paso la alejaba de la vida que había soñado.

Allí lo encontró.

Él estaba de pie junto a la ventana, vestido con el uniforme oscuro de los guardias de la casa Avelaine. Su amado. El único hombre al que había entregado su corazón en secreto. El único que la miraba como si fuera libre.

—Lo sé —dijo él apenas la vio—. Me lo han dicho.

Elinor no pudo contener las lágrimas. Corrió hacia él, y por primera vez se permitió derrumbarse en sus brazos.

—No quiero ir —sollozó—. No quiero pertenecerle a ese hombre.

Él la abrazó con fuerza, como si quisiera protegerla del mundo entero.

—Si pudiera huir contigo… —murmuró.

Ambos sabían que era imposible.

Se sentaron en el borde de la cama, con las manos entrelazadas, compartiendo un silencio cargado de miedo.

—Una vez seas llevada al palacio —dijo él con voz grave—, seguir amándonos será traición.

—Lo sé —respondió ella—. Y nos matarán a los dos.

Se miraron como si fuera la última vez.

—Te amaré hasta mi último aliento —juró él.

—Y yo a ti —susurró Elinor.

Se besaron con desesperación, con la certeza de que el amor que compartían estaba condenado.

Esa misma noche, el guardia abandonó la mansión con el alma destrozada.

El pueblo estaba despierto.

Las tabernas rebosaban de hombres que bebían para olvidar. Risas forzadas. Canciones tristes. El aire olía a vino barato y desesperanza.

Él se sentó solo, observando su reflejo en la bebida. El perdería a la mujer que amaba. Sera solo un guardia más sirviendo a un rey que no merecía nada.

Cuando salió, ya entrada la noche, lo vio.

Un hombre viejo, borracho, tambaleándose entre las sombras.

—Señor… —balbuceó el anciano, fingiendo caer.

El guardia se acercó por instinto. Grave error.

El hombre intentó arrebatarle la bolsa.

—¿Crees que no me daría cuenta? —gruñó él, sujetándolo.

El viejo intentó huir, pero el guardia lo persiguió por las calles oscuras hasta acorralarlo en un callejón.

—Piedad —suplicó el borracho, de rodillas.

El guardia desenvainó la espada, cegado por la rabia.

—Los ladrones no la merecen.

—¡Le daré a mi hija! —gritó el hombre de pronto—. ¡A cambio de mi vida!

El guardia rió con amargura.

—¿Tu hija? ¿Crees que puedes comprarme?

—Es la mujer más hermosa del reino —juró el viejo—. Más hermosa que cualquier dama noble.

El guardia dudó. No por deseo… sino por curiosidad cruel.

Amarró al hombre y lo obligó a guiarlo.

Caminaron hasta las afueras del pueblo, donde las casas se caían a pedazos.

El anciano empujó una puerta.

Y cayó de rodillas.

Ante ellos estaba una joven.

Cuando el guardia la vio… el mundo volvió a detenerse.

Era idéntica.

El mismo rostro.

Los mismos ojos.

La misma forma de los labios.

La única diferencia eran los harapos que vestía.

Y en ese instante, sin saberlo, el destino del rey… y de dos mujeres… quedó sellado.

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