La esposa elegida del rey demonio
La esposa elegida del rey demonio
Por: Leslie g
Capítulo 1

Nadie miraba al rey a los ojos.

No porque estuviera prohibido —aunque lo estaba—, sino porque sostener la mirada de Edrion de Aurenhall era exponerse a una frialdad que no parecía humana. Sus ojos azules, claros y penetrantes, no observaban: evaluaban. No buscaban aprobación ni obediencia; buscaban debilidad.

El salón del trono se alzaba en mármol oscuro, con columnas tan altas que parecían sostener el peso del reino entero. Las antorchas, alineadas con precisión militar, proyectaban sombras largas que se retorcían sobre las paredes como criaturas inquietas. Aquel lugar no estaba hecho para el amor, ni para promesas. Estaba hecho para el poder.

Edrion permanecía de pie sobre el estrado, inmóvil, con la corona negra ceñida a la cabeza. Su cabello blanco plateado, cortado con severidad, enmarcaba un rostro duro, marcado por una belleza fría que muchos consideraban antinatural. No había suavidad en él. Ningún rastro de indulgencia.

—El Demonio Coronado… —susurraban algunos, creyendo que no podía oírlos.

Pero el rey oía todo.

Las jóvenes se alineaban frente a él como ofrendas. Hijas de casas nobles, vestidas con sedas claras y joyas demasiado pesadas para cuellos tan jóvenes. Algunas temblaban. Otras intentaban sostener la cabeza en alto, como si la dignidad pudiera protegerlas del destino que todas conocían.

Edrion las miró una por una, sin prisa.

Había visto cientos de rostros como aquellos. Belleza entrenada. Sonrisas aprendidas. Virtudes recitadas como plegarias vacías.

—La Casa Arwel presenta a su hija —anunció el heraldo, con voz firme pero tensa.

La joven dio un paso al frente. Sus manos temblaban levemente mientras hacía una reverencia perfecta. Tenía el cabello oscuro, los ojos grandes, la piel impecable. Hermosa. Como todas.

Edrion descendió un escalón del trono. El sonido de sus botas resonó en el salón, provocando un estremecimiento colectivo. Se detuvo frente a ella, lo bastante cerca como para que pudiera oler el perfume floral que llevaba.

Alzó el mentón de la joven con dos dedos, apenas un gesto, lo justo para obligarla a mirarlo.

Ella contuvo el aliento.

Los ojos azules del rey la recorrieron sin interés.

—Concubina —dijo.

La palabra cayó pesada, definitiva.

Un murmullo recorrió el salón. El padre de la joven apretó los labios, pero no protestó. Nadie protestaba. No cuando Edrion hablaba.

La joven fue retirada, con los ojos vidriosos, mientras otra ocupaba su lugar.

—La Casa Merrow presenta a su hija.

El ritual se repitió.

Otra mirada.

Otro silencio.

Otro destino sellado.

Concubina.

Concubina.

Concubina.

Para la corte, aquello era una humillación. Para el rey, una solución.

El matrimonio implicaba alianzas eternas, promesas frágiles, sentimientos que podían usarse como armas. Las concubinas, en cambio, cumplían su función sin exigir nada a cambio. Eran temporales. Reemplazables. Seguras.

Así mantenía el amor lejos.

Así sobrevivía.

Cuando la última joven fue apartada, el salón quedó en un silencio espeso. Los nobles aguardaban, tensos, con la esperanza inútil de un milagro.

Edrion se volvió hacia ellos.

—No necesito más —dijo con voz baja—. Retírense.

La orden fue obedecida de inmediato. Las puertas del salón se abrieron y la procesión de decepción y miedo comenzó a salir.

Solo cuando quedó solo, el rey permitió que su expresión se endureciera aún más.

El matrimonio no era una unión. Era una trampa.

Lo había aprendido de niño.

Su madre también había sido una reina amada. Y la habían asesinado por ello.

Desde entonces, Edrion había jurado que ninguna mujer tendría poder suficiente para destruirlo.

Mientras tanto, lejos del palacio, en una residencia noble rodeada de jardines marchitos, Elinor de Raventhall lloraba en silencio.

—No puedo hacerlo —susurró, con las manos crispadas sobre su vestido—. Prefiero morir antes que pertenecerle.

Frente a ella, Rowan Hale, guardia de la familia, apretó la mandíbula. La había protegido desde niña. La había amado en silencio durante años.

—Hay otra opción —dijo finalmente.

Elinor alzó la mirada, esperanzada.

Rowan dudó un instante antes de continuar.

—Existe una muchacha… —tragó saliva—. Vive en el mercado bajo. Es pobre. Nadie la reclama. Y… se parece a ti.

El silencio que siguió fue peligroso.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó ella, con un hilo de voz.

Rowan la miró con determinación.

—Que puedes ser libre. Y ella… ella ocupará tu lugar.

Muy lejos de allí, en una habitación oscura y húmeda, Lyria despertaba sin saber que su rostro estaba a punto de cambiar el destino de un reino.

Ni que el Demonio Coronado estaba a punto de elegirla.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP