Capítulo 4

El sonido de la puerta abriéndose rompió el silencio de la habitación.

Lyria levantó la cabeza de inmediato.

Seguía sentada sobre la cama, las muñecas atadas frente a ella, el cuerpo rígido por la tensión y la noche sin sueño. La luz de la mañana entraba con mayor fuerza por la ventana alta, iluminando la estancia con una claridad que no traía consuelo.

No fue el caballero quien entró primero.

Fue ella.

Una joven vestida con telas finas, de colores suaves, con el cabello cuidadosamente recogido y una postura que delataba educación y linaje. Cada uno de sus movimientos era controlado, elegante, aprendido desde la cuna.

La joven dio apenas dos pasos dentro de la habitación… y se detuvo en seco.

Sus ojos se abrieron con incredulidad.

El aire pareció escaparle de los pulmones.

Frente a ella, amarrada, despeinada, con ropa humilde y marcas de cansancio bajo los ojos, había alguien que no debería existir.

Era como mirarse en un espejo cruel.

—No… —susurró Elinor—. Esto no es posible.

Lyria la observaba con la misma intensidad.

Nunca había visto a una dama noble tan de cerca. La limpieza de su piel, la suavidad de sus manos, la caída perfecta del vestido… y, aun así, ese rostro.

Su rostro.

—¿Quién…? —empezó a decir Elinor, con la voz temblorosa.

—Una blasfemia —interrumpió el caballero, entrando y cerrando la puerta tras de sí—. O un milagro, según se mire.

Elinor giró hacia él, alterada.

—¿Qué significa esto? —exigió—. ¿Por qué se parece a mí?

Lyria tragó saliva. Sentía el corazón golpeándole con fuerza. Jamás se había sentido tan expuesta.

—Mírela —dijo el caballero—. Mírela bien.

Elinor obedeció, avanzando un paso más, incapaz de apartar la vista. Cada insulto que había escuchado sobre su apariencia, cada crítica, cada comparación… ahora regresaban como un golpe.

Era como verse despojada de todo privilegio.

—Es… —Elinor negó con la cabeza—. Es idéntica.

—También yo lo pensé —dijo el caballero—. Por eso la traje.

Lyria habló por primera vez.

—Si van a burlarse, terminen de una vez —dijo con voz firme—. No entiendo qué juego es este.

El caballero se volvió hacia ella.

—No es un juego.

Luego miró a Elinor.

—Fue enviada por los dioses —declaró—. Para salvarte.

Elinor retrocedió un paso.

—¿Salvarme… cómo?

El caballero no esperó a que el miedo se asentara del todo antes de continuar.

—El rey ha aceptado tu presentación. Todos saben lo que eso significa.

Elinor apretó las manos con fuerza.

—Concubina —susurró—. Encerrada. Olvidada.

—Exacto.

—Esto es una locura —dijo ella—. Si se descubre, mi familia caerá en desgracia. Podrían perder títulos… tierras… incluso la vida.

—¿Y qué vida te espera a ti? —replicó él con dureza—. ¿La de una mujer compartida por un demonio?

Elinor palideció.

Miró de nuevo a Lyria.

La joven humilde no parecía una bendición. Parecía una condena.

—No tengo opción —murmuró.

—Nunca la tuviste —respondió el caballero—. Pero ahora puedes elegir algo mejor.

Elinor cerró los ojos un instante.

—¿Y ella? —preguntó al fin, señalando a Lyria—. ¿Qué será de ella?

El silencio se volvió tenso.

Elinor la observó con atención, como si apenas ahora la viera de verdad.

—Dime algo —le preguntó entonces—. ¿Eres virgen?

Lyria sintió que el estómago se le encogía.

—¿Qué…?

—Respóndeme.

—Yo… —dudó—. No entiendo por qué…

—Respóndele —ordenó el caballero, apoyando la mano sobre la empuñadura de su espada.

Lyria lo miró, aterrada.

—Sí —dijo finalmente—. Lo soy.

Elinor exhaló lentamente.

—Bien.

Lyria alzó la vista, confundida.

—¿Qué va a pasar conmigo? —preguntó—. ¿Me venderán? ¿Me entregarán?

El caballero habló esta vez con claridad.

—Te harás pasar por ella.

Lyria parpadeó.

—¿Por… ella?

—Por Lady Elinor Avelyne de Valmere, hija legítima del Lord Cedric de Valmere, heredera de la Casa Valmere, quien será presentada a su majestad como candidata.

Las palabras cayeron una tras otra, pesadas, incomprensibles.

—¿Por cuánto tiempo? —preguntó Lyria, con la voz apenas audible, aunque habían mil preguntas que ella quería formular antes que eso.

El caballero dudó.

Elinor respondió por él.

—Para siempre.

Lyria negó con la cabeza.

—No… eso no tiene sentido.

Elinor se acercó un poco más, mirándola fijamente.

—Desde hoy, tu vida ya no te pertenece —dijo—. Ni la mía tampoco.

—Entonces… ¿cómo recupero la mía? —susurró Lyria.

Elinor sostuvo su mirada.

—Solo si yo lo decido.

Lyria sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.

—No entiendo…

—Lo harás —dijo el caballero—. Porque tu vida acaba de cambiar.

Se acercó y, con voz firme, declaró:

—Ya no eres una campesina.

—Ya no eres una esclava.

Hizo una pausa final, solemne.

—Desde este momento, eres Lady Elinor Avelyne de Valmere, candidata a esposa del Rey Demonio.

El silencio que siguió fue absoluto.

Y con él, murió la última sombra de la joven que alguna vez fue Lyria.

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