El sonido de la puerta rompió el silencio. Lyria, con las muñecas atadas y el cuerpo rígido tras una noche sin sueño, levantó la mirada. No fue el caballero quien entró primero, sino ella: Elinor Avelaine.
Era como mirarse en un espejo cruel. La joven noble se detuvo en seco, con el aire escapándosele de los pulmones ante la visión de una muchacha humilde que compartía su propio rostro.
—No es posible… —susurró Elinor.
—Una blasfemia o un milagro —interrumpió Rowan, cerrando la puerta—. El rey ha aceptado tu presentación, Elinor. Todos saben que eso significa convertirte en su concubina. Una vida de miseria.
Elinor palideció, apretando las manos con fuerza. Miró a Lyria con una mezcla de esperanza y desprecio antes de lanzar una pregunta afilada:
—¿Eres virgen?
Lyria, aterrada por la mano del caballero sobre su espada, asintió. Elinor exhaló con alivio.
—Bien. Te harás pasar por ella —sentenció Rowan—. Serás Lady Elinor Avelaine, candidata a esposa del Rey Demonio.
—Desde hoy, tu vida ya no te pertenece —sentenció la verdadera Elinor—. Solo recuperarás la tuya si yo lo decido.
Al amanecer, Lyria fue trasladada a una casa de campo aislada para comenzar su transformación. Bajo la vigilancia estricta de Rowan y la urgencia nerviosa de Elinor, la campesina aprendió a caminar, a callar y a sostener la mirada con la medida exacta de respeto. Para sorpresa de todos, Lyria absorbió los gestos con una gracia natural; pronto, las empleadas aceptaron sin resistencia a la "nueva" señora de la casa.
El primer baño fue un choque sensorial. Sumergida en agua caliente y aceites perfumados, Lyria sintió que habitaba un sueño. Mientras las criadas lavaban su cabello con manos expertas, ella recordaba el hielo de los ríos y la ropa golpeada contra las piedras. Al salir, fue envuelta en telas suaves y joyas, enfrentándose a un arcón lleno de vestidos de seda.
—¿De verdad esa soy yo? —susurró ante el espejo, viendo a una mujer importante en lugar de a una campesina.
Dos meses después, el tiempo se agotó. Elinor le comunicó que la prueba final era inminente: debía presentarse ante la familia Avelaine en la capital. Antes de partir, Elinor pidió ver a Rowan a solas junto a los establos.
—Cuídala —le exigió ella antes de refugiarse en sus brazos y besarlo con urgencia—. Asegúrate de que no la descubran. Volveré por ti, te lo juro.
El viaje a Valmere duró siete días. Durante el trayecto, Lyria bombardeó al caballero con preguntas sobre el hombre al que sería entregada.
—Es un tirano que gobierna por miedo —respondió Rowan—. Dicen que nació sin alma. A los dieciocho años mató a toda su familia para asegurar el trono; sus cabezas estuvieron expuestas meses frente al palacio.
Nada de esto hizo que el corazon de la joven se calme.
Al llegar a las imponentes murallas de la ciudad, Lyria enderezó la espalda. Cruzaron las puertas en un carruaje negro con el blasón familiar y llegaron a la residencia de piedra clara de los Avelaine. Los empleados se alinearon en el patio, inclinando la cabeza al unísono: "Bienvenida de regreso, mi lady".
En el salón principal, el Lord Cedric Avelaine la esperaba frente a la chimenea. La estudió con una frialdad clínica que a Lyria le resultó extrañamente reconfortante; no buscaba amor, solo resultados.
—Estás distinta —observó el hombre.
—El campo sienta bien al espíritu —respondió ella, usando las palabras de Elinor.
—El rey ha mostrado interés —sentenció el Lord—. Nuestra familia depende de esto.
Los días siguientes fueron un torbellino de visitas y miradas evaluadoras. Lyria caminaba por los pasillos con paso seguro, respondiendo con frases aprendidas y sonriendo lo justo. Cada noche, frente al espejo de su nueva habitación, se repetía el mismo mantra hasta que el miedo comenzó a transformarse en acero:
—Tú eres Elinor Avelaine.
Ella aun no sabía que su sonrisa sería lo más peligroso que llevaría a la corte, ni que aquel "Rey Demonio" ya la estaba esperando tras los o