Las murallas de la ciudad aparecieron al amanecer del séptimo día.
Altas, grises, imponentes.
Lyria las observó desde la distancia con una mezcla de asombro y temor. Nunca había visto algo tan grande. El sol naciente teñía las torres de un dorado apagado, y las puertas principales ya comenzaban a abrirse para recibir a comerciantes, viajeros y carruajes nobles.
—Ahí está —dijo el caballero—. Valmere.
Lyria tragó saliva.
—Es… enorme.
—Acostúmbrate —respondió él—. A partir de hoy, este será tu mu