El caballero no habló de inmediato.
Se quedó allí, de pie, observándola, como si el mundo entero hubiera cometido un error al colocarla en aquel lugar. La luz temblorosa del candil iluminaba el rostro de la joven con una claridad cruel, revelando facciones que él conocía demasiado bien.
Ese rostro.
Ese maldito rostro.
—Da un paso más —ordenó finalmente.
Lyria dudó, pero obedeció. Sus pies descalzos avanzaron sobre el suelo frío, mientras el silencio se espesaba entre ambos. El anciano seguía en el suelo, respirando agitadamente, sin levantar la cabeza.
—¿Quién eres? —preguntó el caballero—. Respóndeme con cuidado.
—Mi nombre es Lyria mi.
—¿Tu madre?
—Esta muerta mi lord
—¿Dónde naciste?
—Aquí por supuesto.
—¿Nunca serviste en una casa noble?
—Jamás.
Cada respuesta parecía aumentar la tensión en el cuerpo del hombre armado. Dio un paso hacia ella. Luego otro. Sus ojos la recorrían con una intensidad inquietante, buscando errores, diferencias, algo que negara lo evidente.
No lo encontró, y alzó la mano sin pedir permiso, mientras Lyria reaccionaba demasiado tarde.
Sus dedos rodearon su rostro con firmeza, girándolo lentamente hacia la luz. No fue un gesto violento, pero sí invasivo, calculado. Sus pulgares recorrieron la línea exacta de su mandíbula, subieron por sus mejillas, se detuvieron bajo los ojos.
—Los mismos pómulos… —murmuró—.La misma boca y la misma forma en la mirada.
Su respiración se volvió más pesada.
—Esto no debería ser posible.
—Suélteme —exigió ella, apartando la cabeza—. No soy nadie para usted.
Él la soltó, pero no se apartó.
—No —dijo—. No eres nadie… y eso es precisamente lo que te hace útil.
El anciano gimió.
—Por favor… —balbuceó—. Yo hice lo que pude.
El caballero giró la cabeza hacia él con lentitud peligrosa.
—¿Qué hiciste exactamente?
—Nada —respondió rápido—. Solo… solo te ofrecí una alternativa.
Lyria sintió un frío distinto recorrerle la espalda.
—¿Qué alternativa? —preguntó.
El anciano no la miró.
—Mi vida —dijo—. A cambio de la tuya.
Lyria sintió que algo se rompía dentro de ella, pero no lloró.
—Así que esto era —murmuró—. ¿Acaba de venderme padre?
—No seas dramática —respondió él, alzando la voz—. Tú eres joven. Fuerte. Yo soy viejo. Es un intercambio justo.
Ella lo miró como si estuviera viendo a un extraño.
—¿Alguna vez te importé?
El anciano frunció el ceño.
—No es momento para reproches.
El caballero observaba sin intervenir. Sus dedos descansaban sobre la empuñadura de la espada.
—¿Sabías quién era yo? —preguntó al anciano.
—Un caballero —respondió—. Y eso significa poder.
—¿Y aun así me atacaste?
—Porque quería vivir —dijo con crudeza—. No hay vergüenza en eso.
El caballero desenvainó la espada con un movimiento limpio y el metal brilló, pero Lyria no gritó ni pidió clemencia; solo observó.
—Por ley —dijo él—, debería matarte ahora mismo.
El anciano se arrastró hasta sus pies.
—¡No! —gritó—. ¡Te di lo que querías! ¡Te di a la muchacha!
Lyria cerró los ojos un segundo.
—Así que ese es mi precio —dijo—. Tu miedo.
El caballero bajó lentamente la espada.
—Levántate —ordenó al anciano.
El hombre obedeció.
—Vete —continuó—. No quiero volver a verte.
El anciano no perdió tiempo. Salió corriendo, sin mirar atrás, sin una sola palabra para su hija.
La puerta se cerró.
Lyria quedó sola con el caballero.
—¿Y ahora? —preguntó.
Él la observó con una expresión dura.
—Ahora vienes conmigo.
La tomo del brazo y la condujo fuera, donde un caballo oscuro aguardaba. El caballero no respondió, no cuando ella preguntó qué pensaba hacer con ella, no cuando le exigió saber si la vendería, y tampoco cuando, con la voz quebrándose, preguntó si pensaba usar su cuerpo antes de deshacerse de ella. El silencio fue absoluto, pesado, intencional, lo suficiente para que entendiera que sus palabras no tenían valor allí.
La sujetó con firmeza y la obligó a avanzar sin violencia, pero sin cuidado, con la determinación de alguien que ya había decidido y no pensaba explicarse. Afuera, la noche era fría y el caballo permanecía inmóvil, enorme, oscuro, como si también formara parte de ese destino que la arrastraba sin pedir permiso. El caballero la levantó con facilidad y la colocó frente a él; apenas tuvo tiempo de acomodarse antes de sentir su presencia detrás, sólida, inamovible.
El caballo echó a andar y Lyria mantuvo la espalda rígida, sin atreverse a girar la cabeza. El contacto de su cuerpo contra el de él la hacía dolorosamente consciente de su fragilidad, y cada movimiento del animal le recordaba lo mismo: no tenía control alguno.
—¿Adónde vamos? —preguntó al cabo de un rato.
No obtuvo respuesta.
El viento nocturno golpeaba su rostro. La oscuridad parecía cerrarse alrededor de ellos, y el sonido de los cascos era lo único que rompía el silencio.
—No he hecho nada —dijo después—. No soy una criminal.
Nada.
—Si piensa matarme —continuó—, hágalo ahora.
El caballo siguió avanzando.
Ese silencio era peor que cualquier amenaza. No era ignorancia; era dominio. Lyria comenzó a comprender que no estaba siendo llevada como una persona, sino como un objeto cuyo valor aún no se había definido.
Con el paso del tiempo, la rabia fue dando paso a algo más peligroso: el miedo silencioso. Pensó en su casa, en el olor a humedad, en la miseria que había odiado toda su vida. Pensó en su padre… y no sintió tristeza. Solo una amarga confirmación.
Cuando por fin se detuvieron, el cielo comenzaba a aclararse apenas, una franja pálida en el horizonte.
La residencia ante ellos era grande, sólida, silenciosa. No había luces encendidas, ni guardias visibles. Aquello no era un lugar para huéspedes.
El caballero bajó primero y luego la tomó de la cintura para ayudarla a descender. Sus manos eran firmes, prácticas, sin rastro de deseo ni compasión.
La condujo al interior.
El lugar olía a piedra fría y cera vieja. Los pasillos eran estrechos, y cada paso resonaba como si el edificio mismo los observara. Lyria intentó memorizar el camino, pero pronto se dio cuenta de que no serviría de nada.
Llegaron a una habitación pequeña, casi vacía. Una cama sencilla, una mesa, una silla. Una ventana alta por la que apenas entraba la luz del amanecer.
—Quédate aquí —ordenó él.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó ella.
No respondió.
Antes de que pudiera retroceder, el caballero sacó una cuerda. Lyria abrió los ojos con alarma.
—No —dijo—. Espere…
Demasiado tarde.
Le ató las muñecas con movimientos expertos, firmes, sin hacerle daño, pero sin dejar margen para resistirse. La empujó suavemente hasta sentarla en la cama.
El nudo quedó apretado.
—¿Por qué? —susurró ella, con la respiración acelerada—. ¿Qué va a hacer conmigo?
Él la observó durante un largo instante. Su rostro era una máscara impenetrable.
—Dormir —respondió finalmente—. Mañana será un día largo.
—¿Mañana para qué? —insistió.
No contestó y apagó el candil, dejando la habitación sumida en la penumbra, apenas rota por la luz gris del amanecer que comenzaba a filtrarse por la ventana. Luego salió y cerró la puerta con llave, y el sonido metálico resonó como una sentencia.
Lyria quedó sola, amarrada, sin respuestas, sin nombre, sin saber si el amanecer traería salvación… o algo peor. en ese momento comprendió que el silencio de aquel hombre era más peligroso que cualquier amenaza pronunciada. Sin esperar que su vida fuera a cambiar para siempre a partir de ese momento y que un amor por el que tendri