—¿Cómo se doma a un hombre? —preguntó Lyria en voz baja.
Mariel, que estaba recogiendo las cintas del vestido sobre la mesa, se quedó inmóvil.
—¿Domar… a un hombre, mi lady?
Lyria sostuvo su reflejo en el espejo.
—Dijiste que si lograba domarlo, nada tendría que temer.
La sirvienta la observó unos segundos, evaluando si aquello era curiosidad o decisión.
—Los hombres no son tan distintos de las bestias —respondió finalmente—. No importa cuán educados o coronados estén.
Se acercó