El rey no apartó la mirada después de decirle que muriera.
El silencio se estiró entre ambos como un hilo tenso.
Fue él quien habló primero.
—Dime —preguntó con voz baja, apoyando el codo sobre el brazo del sillón—, ¿qué es tan horrible de casarte conmigo?
La pregunta no fue irónica.
Fue directa.
Lyria levantó la vista, sorprendida por el giro.
—No le temo, Majestad.
Sus ojos azules se afilaron apenas.
—Eso ya lo sé.
Se inclinó un poco hacia ella.
—Entonces responde. ¿Qué es lo insoportable?
El