El salón quedó en silencio cuando las puertas se cerraron tras la salida del hombre, pero dentro de Lyria todo seguía en movimiento, desordenado, incontrolable, como si cada palabra pronunciada hubiera dejado una marca imposible de ignorar. El peso de la corona ya no era solo físico, sino una carga que le oprimía el pecho, que le recordaba en cada segundo que nada de lo que estaba ocurriendo debía haber sucedido.
Todo era culpa suya.
La idea se instaló con una claridad brutal, sin espacio para