Gabriel
Cuando Isabela sale de la oficina con los dos vasos vacíos en la mano, cierro la puerta detrás de ella y, por primera vez en mucho tiempo, me quedo mirando el escritorio sin saber exactamente qué hacer conmigo mismo.
Se ofreció a ayudar. A trabajar.
Una Santorini. Criada en cuna de oro. Pidiendo trabajo en vez de buscar una tarjeta de crédito ilimitada y una vida de adorno.
No tiene sentido.
Todas las mujeres con las que he salido antes querían lo mismo: apellido, estabilidad, vacaciones en yate y no tener que mover un dedo. Isabela, en cambio, se sienta frente a mi computadora, organiza informes, pregunta, toma notas, vuelve a revisar… y lo hace con una concentración que me desconcierta.
Me inclino hacia adelante y tomo uno de los archivadores que dejó marcado como “listo”.
Lo abro.
Las hojas están ordenadas por fecha, con post-its de colores marcando los puntos clave. Hay correcciones donde antes había errores de tipeo, columnas alineadas, comentarios al margen con letra peq