Isa
No me da tiempo de siquiera ordenar los pensamientos.
Todavía tengo el sabor de su boca en la mía, todavía siento sus manos firmes sosteniéndome por la cintura, todavía tengo las rodillas temblando cuando Gabriel suelta, con esa voz baja que se me mete debajo de la piel:
—¿O preferirías que fuera alguien más el que te besara?
Me congelo.
Literalmente, me quedo sin aire.
¿De todas las cosas que podría haber dicho después de un beso así, tenía que salir con esa estupidez?
—Eres un idiota —escupo, cuando por fin recupero la voz—. Lo arruinas todo. Siempre. Cada vez que abres la boca.
Su ceja se arquea apenas, como si mis palabras, en lugar de ofenderlo, le dieran alguna especie de confirmación.
—Entonces lo estabas disfrutando —responde, sin apartarse ni un centímetro.
Siento cómo la vergüenza me sube en oleadas calientes desde el pecho hasta la cara. Claro que lo estaba disfrutando. Mi cuerpo todavía no se ha enterado de que mi cerebro odia a este hombre. Sigo con la respiración agi