No las fotos. Tú.
Isa
—Shhh… Isa… soy yo.
Lo suelta.
Me doy la vuelta.
Y ahí está.
Adrián.
Su nombre me golpea como un recuerdo afilado. Está frente a mí, tan cerca que puedo sentir su respiración agitada, esos ojos oscuros llenos de tormenta. Está despeinado, con la camisa ligeramente abierta, como si hubiera subido corriendo escaleras.
—Ahora sí —dice con voz baja, ronca, cargada de emoción contenida—. Ahora sí vas a escucharme.
Retrocedo un paso, pero él lo nota y su expresión se quiebra un segundo, mostrando algo que no había visto desde esa noche en la estación: vulnerabilidad.
—No te he olvidado —suelta, sin rodeos—. Por más que lo intenté. Dios sabe que lo intenté. Pero no pude.
Mi pecho arde.
—¿Y qué querías que pensara? —respondo, sintiendo cómo mi voz tiembla de rabia—. ¿Qué querías que pensara cuando no apareciste? Cuando no llamaste. Cuando desapareciste como si yo no hubiera significado nada. ¡Ni siquiera intentaste escucharme!
—No fueron solo palabras —interrumpe él, acercándose—. No fuer