Isa
—Isabela —dice, firme—. No estoy jugando contigo.
Es lo último que escucho antes de que la puerta se cierre con un clic suave pero definitivo, dejando tras de sí un silencio tan espeso que podría cortarse con un cuchillo. Me quedo de pie en medio de la extensa oficina de Gabriel Moretti, con sus paredes de vidrio, su escritorio impecable y ese aroma tenue a madera y perfume caro que parece impregnado en cada superficie. Respiro hondo, tratando de ordenar lo que me provoca.
"No estoy jugando contigo."
Mi estómago se revuelve. No sé qué hacer con esa frase. No sé si creerle. No sé si es otra de sus tácticas para confundirme, o si por primera vez lo escuché hablar sin máscaras. Y eso, irónicamente, es lo que más me inquieta.
Camino hasta el escritorio. No porque deba hacerlo, sino porque necesito moverme antes de explotar. La oficina es enorme, minimalista, elegante… muy Gabriel. Cada cosa en su sitio, cada papel alineado, cada lápiz puesto con precisión quirúrgica. La obsesión por el