Isa
Me separo de él de golpe.
Mis manos se aferran a su pecho y lo empujo con toda la fuerza que tengo, rompiendo el contacto de nuestras bocas como si me quemara. El aire me entra a los pulmones en una bocanada torpe, el corazón me late tan fuerte que casi me duele.
—No… —niego con la cabeza una y otra vez, dando un paso hacia atrás—. No, no, no. Esto es un error. No debí… no debí dejar que me besaras.
Adrián sigue ahí, respirando agitado, con las pupilas dilatadas y los dedos todavía temblando a los lados de su cuerpo, como si se estuviera conteniendo para no tocarme otra vez.
—No es ningún error, Isa —dice con esa voz ronca que me hizo pedazos hace dos años—. Lo sabes tan bien como yo. Aún hay algo entre nosotros.
Suelto una carcajada seca que me duele en la garganta.
—¿Algo? —repito—. Lo único que hay entre nosotros ahora es un muro, Adrián. Un muro hecho de mentiras, fotos falsas y una estación de tren en la que me dejaste sola. No tenía que besarte. No tienes derecho.
Su mandíbul