Isa
El rostro de Gabriel aparece en mi mente una y otra vez mientras el taxi avanza hacia la fundación.
¿Cómo demonios me encontró tan rápido?
La pregunta me perfora el cráneo. No es solo sorpresa; es inquietud. Una sensación viscosa que se me pega a la piel. Gabriel siempre ha sido eficiente, pero esto… esto fue inmediato. Demasiado.
Saco el celular con manos todavía temblorosas y escribo un mensaje.
Isabela:
Margaret, Gabriel ya sabe dónde estoy. No sé cómo, pero lo sabe. Por si llega a aparecer otra vez, quería advertirte.
El mensaje queda ahí unos segundos antes de que lo envíe. Dudo. No quiero preocuparla. Pero ya es tarde para fingir normalidad.
Guardo el teléfono y tomo aire.
No voy a pensar en él ahora. No aquí.
La fundación aparece ante mí como un refugio silencioso. Apenas cruzo la puerta, las voces infantiles me envuelven.
—¡Isa!
—¡Isaaa!
Corren hacia mí sin aviso, sin filtros, sin miedo. Brazos pequeños me rodean la cintura, manos diminutas se aferran a mi abrigo. Sonrisa