Isabela
No duermo.
No importa cuántas veces cierre los ojos ni cuánto me obligue a respirar despacio: la imagen del sobre vuelve una y otra vez. La caligrafía inclinada. La frase escrita con descaro. La certeza helada de que alguien me observa desde las sombras.
Me giro en la cama, el reloj marca casi las siete de la mañana.
Gabriel no está. Al parecer otra vez se quedó trabajando hasta tarde.
No sé si eso me tranquiliza o me inquieta más.
Me incorporo despacio, con cuidado de no hacer ruido, a