Fabrizio
Sabía que vendría .
Me sorprende que haya tardado tanto. Camino alrededor del escritorio con las manos detrás de la espalda, pensativo, como un hombre correcto meditando un problema técnico. Lo que realmente medito es otra cosa: cómo doblarla. Cómo asegurarme de que esta “ayuda” no es una jugada desesperada para salvar a Moretti.
Y entonces digo la frase que sé que la incomoda.
—Estoy orgulloso de ti.
Isabela me mira como si le hubiera escupido.
—No digas eso.
—¿Por qué? —pregunto, sua