Adrian
Adrian
No sé cuánto tiempo me quedo allí parado después de que Isa me aparta. Su boca aún roza la mía en un eco fantasma, una quemadura que me atraviesa la piel, el pecho, la memoria.
No debería haberla besado.
No debería haberla dejado ir.
No debería—
—No —me digo a mí mismo con rabia—. No debí perderla hace dos años.
Me paso la mano por el rostro, sintiendo la respiración agitada y cada músculo en tensión. La oficina está en silencio. Silencio denso. Silencio insoportable.
Y en medio de ese silencio, su voz se repite como un maldito mantra cruel:
“Estoy casada con tu hermano.”
Cierro los ojos con fuerza. Siento la ira morderme por dentro, caliente, violenta, desesperada.
—¿Cómo puedes casarte con él…? —susurro con voz ronca, aunque no haya nadie para escucharme—. ¿Cómo puedes…?
Pero sé que no tengo derecho a reclamar nada. No después de que yo no aparecí. No después de que yo la dejé sola. No después de que la herí con lo que más le dolía.
Me apoyo con ambas manos en el escrit