Adrian
Adrian
No sé cuánto tiempo me quedo allí parado después de que Isa me aparta. Su boca aún roza la mía en un eco fantasma, una quemadura que me atraviesa la piel, el pecho, la memoria.
No debería haberla besado.
No debería haberla dejado ir.
No debería—
—No —me digo a mí mismo con rabia—. No debí perderla hace dos años.
Me paso la mano por el rostro, sintiendo la respiración agitada y cada músculo en tensión. La oficina está en silencio. Silencio denso. Silencio insoportable.
Y en medio de