El estruendo de la puerta al abrirse resonó por el ala privada. Tessa había entrado hecha una furia en la habitación, con los ojos inyectados en sangre. Su vestido de viaje, de un rojo intenso, parecía vibrar con su cólera. El ambiente se cortaba con la furia materna y la vergüenza de los amantes sorprendidos.
—¡Son idiotas o qué demonios les pasa! —Tessa avanzó hacia la cama con la gracia letal de una pantera—. ¡Cómo es posible que se estén revolcando aquí, donde cualquiera puede entrar y verl