El sol se hundía en el horizonte como una herida abierta, tiñendo el cielo de un rojo furioso que se reflejaba en las hojas otoñales del Bosque Escarlata. El aire estaba cargado de un olor metálico a tierra removida y sudor, mezclado con el almizcle salvaje de las manadas en alerta. Sech, cabalgaba al frente de su ejército, su armadura de cuero reforzado con placas de plata reluciendo bajo la luz agonizante. Sus ojos dorados ardían con una furia contenida, como brasas listas para incendiar todo a su paso. El viento azotaba su capa negra, llevando consigo el eco distante de aullidos que anunciaban la inminente tormenta de violencia.
La Fortaleza del Bosque Escarlata se erguía ante ellos como un bastión de piedra y madera retorcida, envuelta en enredaderas espinosas que serpenteaban por sus murallas como venas pulsantes. Sech apretó las riendas de su corcel, sintiendo el calor de la bestia bajo sus muslos, el ritmo acelerado de su corazón sincronizándose con el suyo propio.
—Hermanos m