La luna colgaba alta en el cielo como una herida plateada, bañando el Bosque Escarlata en un resplandor frío y espectral. El humo de las fogatas extinguidas se elevaba en espirales perezosas, cargando el aire con un hedor acre a madera quemada, sangre seca y muerte reciente. Los cuerpos yacían esparcidos como hojas marchitas, algunos aún temblando en sus últimos espasmos, otros inmóviles bajo el manto de la noche. Sech permanecía arrodillado junto al cadáver de Tessa, la mujer que había creído