La luna colgaba alta en el cielo como una herida plateada, bañando el Bosque Escarlata en un resplandor frío y espectral. El humo de las fogatas extinguidas se elevaba en espirales perezosas, cargando el aire con un hedor acre a madera quemada, sangre seca y muerte reciente. Los cuerpos yacían esparcidos como hojas marchitas, algunos aún temblando en sus últimos espasmos, otros inmóviles bajo el manto de la noche. Sech permanecía arrodillado junto al cadáver de Tessa, la mujer que había creído su madre durante toda su vida. Su espada, aún clavada en el pecho de ella, brillaba con un fulgor húmedo bajo la luz lunar. El viento susurraba entre los árboles, un lamento bajo que parecía eco de su propio dolor.
Sus guerreros lo observaban en silencio, respetando el duelo de su rey. Nadie se atrevía a acercarse. El pecho de Sech subía y bajaba con respiraciones pesadas, cada inhalación trayendo el sabor metálico de la sangre y el amargo regusto de la traición. Lágrimas silenciosas rodaban por