Días después de su regreso triunfal del Norte, la calma había vuelto al Reino Central, pero la tensión emocional se había instalado en los aposentos reales. El palacio era un remanso de paz aparente; sin embargo, Sech e Isis ardían en un fuego interno contenido, intensificado por el reconocimiento de su vínculo.
Una tarde, Sech encontró a su abuela Altea en su biblioteca privada, sentada frente a un ventanal que ofrecía una vista de los jardines invernales.
—Abuela —dijo Sech, su voz era inus