El silencio que siguió a la voz atronadora del Rey Alfa Sech fue absoluto, un vacío ensordecedor que se tragó la atmósfera tensa de la sala reservada. Tessa, Ayla y Lysander se quedaron petrificados. El rostro de la matriarca, Tessa, pasó de una altiva seguridad a una palidez espectral. Sus ojos, antes calculadores, ahora reflejaban un horror crudo.
Sech, enfundado en su reluciente armadura de batalla, se irguió en el umbral, su figura imponente proyectando una sombra ominosa sobre los tres con