El aire del bosque todavía se sentía fresco en mi piel, pero la traición que habíamos presenciado había encendido un fuego frío en el alma de Sech. Regresamos al castillo en un silencio tenso, cada paso resonando con la furia contenida del Rey Alfa. Subimos las escaleras hacia sus aposentos. Al llegar, Sech se giró hacia mí, su rostro contraído por el rencor.
—Dame algo que pueda proporcionarme la energía suficiente para una batalla, aunque sea por unas horas —exigió, su voz baja y rasposa.
—Po