El tiempo se había comprimido en una tensión insoportable. Dos días. En dos días, yo, la loba traicionada, me convertiría en la Luna de un reino, la esposa de un rey moribundo.
Esa noche, Altea regresó al palacio en medio de la oscuridad. Yo esperaba su mensaje, recostada en la cama de seda, con la mente en guerra. Poco después, su doncella de confianza, una mujer de rostro austero, me entregó un pergamino sellado.
—Lady Altea me pidió que le informe, mi Señora —dijo la doncella con un respeto