La capilla privada, ubicada en una finca de la familia De'Santis a las afueras de Milán, era pequeña, antigua y bellísima. La luz del atardecer se filtraba a través de los vitrales góticos, proyectando manchas de color rubí, zafiro y esmeralda sobre las piedras centenarias. Había flores, orquídeas blancas y lirios de un costoso albino, dispuestas con una perfección impersonal. Todo era impecable, lujoso y tan frío como una tumba.
No había invitados, solo los testigos indispensables: los padres