La confrontación con Victor y la ruina de los Devereux no trajeron consuelo a Adriano. Eran actos necesarios, una limpieza de la toxicidad que los rodeaba, pero no derretían el hielo que Alexandra había construido a su alrededor. Comprendió que los grandes gestos, las disculpas grandilocuentes y los regalos caros solo la alejaban más. Eran ecos de su antigua arrogancia, del hombre que creía que todo tenía un precio.
Si quería, no recuperarla—sabía que esa palabra era demasiado ambiciosa—, sino