La tormenta había estallado sobre Venecia con una furia inusitada. Truenos rodaban sobre la laguna como cañonazos celestiales, y la lluvia azotaba los vitrales del palacio con la fuerza de mil dedos golpeando el cristal. Alexandra se despertó sobresaltada cerca de la medianoche, no por el estruendo, sino por un sonido mucho más débil y preocupante: un llanto quedo y quejumbroso que provenía de la habitación de al lado.
Se levantó de inmediato, envolviéndose en su bata de seda. La habitación de