23. Propuesta venenosa
Justo cuando creía que podía tener un segundo de calma, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Alejandro.

Estaba en su silla de ruedas, mirándome con esos ojos oscuros que parecían ver más de lo que yo quería mostrar.

Me levanté del suelo de inmediato, limpiándome las lágrimas con rapidez. No quería que me viera así. No él. No ahora.

—¿Estabas llorando? —preguntó con el ceño fruncido, la voz seca, cortante.

Negué enseguida, como si decirlo en voz alta hiciera que todo se volviera aún más real.

—No —respondí, intentando sonar firme, pero mi voz tembló.

—¡No trates de negar lo evidente! —rugió—. Estabas llorando.

El grito me atravesó. Siempre hacía eso. Siempre tenía que gritar para hacerse sentir, para imponer su poder. Pero esta vez… esta vez, yo también estaba al límite.

—¿A qué fuiste al hospital? —soltó de repente.

Mi cuerpo se tensó.

Mi respiración se cortó.

Mis dedos se entrelazaron nerviosos, buscándose entre ellos, temblando por dentro. No podía de
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