11. Prisionera
Ares seguía bloqueando la salida, con esa maldita sonrisa pintada en la cara, como si todo fuera un juego para él.
—Vaya, Alejandro… Llegas justo a tiempo para salvar a tu muñeca rota —escupió con burla—. Aunque, a estas alturas, no sé si aún puedes proteger algo.
Alejandro no le contestó. Solo frunció el ceño. Su rostro era una máscara de piedra. Tenía la sangre seca pegada a la ceja, el cuello manchado, y aún así… imponía.
Sin mirarlo siquiera, desvió la vista hacia mí.
Su mirada se cl