La tarde se estiró como si supiera que la necesitábamos. Después del desayuno, Sebastián se encerró un rato en su despacho y yo volví a mi habitación nueva como quien regresa a un lugar que siempre ha estado esperándome.
Cerré la puerta con suavidad. El clic sonó definitivo, pero no pesado. Encendí la lámpara de brazo articulado sobre el escritorio, aunque todavía había luz natural suficiente; solo quería esa luz cálida y enfocada que hace que dibujar se sienta más íntimo. Saqué la tablet de la