La luz de la mañana entraba tímida por las rendijas de las persianas del dormitorio principal, rayas doradas que se deslizaban sobre las sábanas y terminaban enredándose en el pelo revuelto de Sebastián. Abrí los ojos despacio, todavía envuelta en esa sensación extraña y deliciosa de haber dormido sin interrupciones, sin despertarme cada dos horas comprobando que todo seguía en su sitio.
Él seguía dormido. Boca abajo. La sábana le cubría apenas la cintura y dejaba al descubierto la línea de su