Me quedé sentada en el taburete, con la taza entre las manos, mirando cómo el vapor subía en espirales lentas hasta disolverse en el aire. La ciudad allá abajo ya estaba en plena marcha: coches como hormigas brillantes, peatones apresurados con abrigos oscuros, el sol todavía tímido asomando entre los edificios altos. Pero dentro del ático todo parecía suspendido, como si el tiempo se hubiera olvidado de avanzar.
Oí sus pasos de nuevo, esta vez más firmes, ya calzados. Cuando entró en la cocina