Me tumbé completamente vestida sobre la cama, mirando el techo blanco del dormitorio. La habitación estaba en penumbra; solo entraba una fina línea de luz por debajo de la puerta que daba al pasillo. El silencio del ático era absoluto, roto únicamente por el lejano rumor del tráfico de Madrid que subía desde la calle.
No quería llorar. Me repetía una y otra vez que ya no me quedaban lágrimas, que las había gastado todas en Lisboa, en el avión, en esa comisaría horrible. Pero el nudo en la garga