La noche se asentó sobre el ático como una manta pesada. No encendimos más luces que la de una lámpara pequeña en una esquina del salón, lo justo para no quedarnos completamente a oscuras. Afuera, Madrid seguía viva, pero aquí arriba todo parecía suspendido, como si el tiempo hubiera decidido darnos una tregua antes del siguiente golpe.
Sebastián no se movía.
Seguía sentado en el sofá, inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Miraba al suelo, com