La habitación que me habían asignado era grande, demasiado grande. Las cortinas pesadas bloqueaban casi toda la luz del exterior, dejando solo un resplandor tenue de las lámparas de la mesilla. Me tumbé en la cama sin deshacerla, todavía con la ropa del viaje. El techo tenía molduras antiguas que no conseguía dejar de mirar, como si en sus formas pudiera encontrar alguna respuesta.
No bajé a cenar. Tampoco contesté cuando Elena llamó suavemente a la puerta alrededor de las ocho y media para pre