De pronto, un auto hizo sonar su claxon en la lluvia intensa, sacudiéndolos de su ensoñación.
Elyna y Julián corrieron, totalmente empapados, con la ropa pegada al cuerpo, la piel temblando por el frío y el agua que caía sin misericordia.
Subieron al auto, y mientras las gotas golpeaban los cristales, él la miró con esa intensidad que la hacía temblar por dentro.
—Mañana por la noche —dijo, la voz cargada de firmeza y un dejo de orgullo—, organizaré una gran fiesta. Para que todos… todos vengan