Julián las observaba desde la ventana de cristal que daba a la habitación médica.
El reflejo del vidrio le devolvía una imagen distorsionada de sí mismo: un hombre cansado, endurecido por demasiadas batallas, incapaz de recordar cuándo había sido la última vez que respiró sin miedo.
La luz dentro de la habitación era tenue, casi reverencial, como si incluso el hospital comprendiera que allí se libraba algo sagrado.
Lucero dormía en una cama. Elyna en otra. Separadas por una pequeña mesa metálica