Era muy tarde cuando Elyna ya iba dentro del auto y este no se detuvo.
El motor rugía con una fuerza casi violenta, como si también quisiera huir. Las luces de la ciudad quedaban atrás, estirándose en líneas borrosas que se deshacían en la noche.
Esteban corrió tras el vehículo durante unos metros más, con el pecho ardiéndole, el aire faltándole en los pulmones, los latidos golpeándole las sienes. Gritó su nombre una y otra vez, con desesperación, con rabia, con esa necesidad enfermiza de no per