Elyna se acomodó los lentes oscuros sobre la nariz, ajustó el bastón entre sus dedos con la precisión de quien ha ensayado ese papel durante años y respiró hondo.
Cada músculo de su rostro estaba entrenado para proyectar la fragilidad de una mujer ciega, indefensa, que camina por el mundo sin apoyo.
Subió al taxi con pasos medidos, casi silenciosos, mientras su corazón palpitaba como si quisiera escaparse de su pecho.
Fingir nunca había sido tan doloroso, y, sin embargo, debía hacerlo. Debía atr