—¡Yo nunca pensaría mal de ti, Elyna! —dijo Esteban, forzando una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.
Ella no respondió de inmediato.
Permaneció inmóvil, con el rostro ligeramente inclinado, como si escuchara algo más que sus palabras. Esa sonrisa… Elyna la conocía demasiado bien. No era espontánea. No nacía del afecto, sino del miedo.
Estaba construida con precisión, ensayada frente a un espejo, diseñada para convencer, no para sentir.
Y eso bastó.
El tono fortalecido, la pausa calculada